jueves, 9 de junio de 2016

La Oculta: nostalgias en la lejanía


Puede ser tema frecuente en la literatura el retorno idílico a la figura de la tierra como añoranza del que la busca o tranquilidad del que la posee. Además, no es una línea perteneciente a latitud particular o a temporalidad determinada en el mundo de las letras: toda conquista es expansión del país propio, toda bandera izada simboliza presencia y victoria. Sin embargo, no es tan sencillo explorar el cuerpo como territorio, y probablemente el fenómeno –o la ausencia del mismo- provenga de teorizaciones que complejizan la relación.
Una finca entre el paisaje montañoso de Antioquia es el eslabón imprescindible que une el ser con el pasado copioso en momentos y búsquedas en la más reciente obra de Héctor Abad Faciolince. Para los tres hermanos que construyen la historia de La Oculta, el cuerpo es un símbolo de sus contrastes que se vinculan en la familia, o dicho de otra forma, es la concreción de la realidad: para Pilar el cuerpo es un registro recatado de testimonios personales que justifican o incluso legitiman la fidelidad a un hombre, a sus hijos, a su fe; para Eva, por el contrario, el cuerpo es un estandarte enarbolado de su autonomía, la independencia, la existencia como una yuxtaposición consciente de experiencias; Antonio es el explorador de la línea familiar para encontrar en la huella de colonos y campesinos la idea de aquel lazo con sus hermanas, con La Oculta, con el suroeste antioqueño. Antonio –Toño- es homosexual, músico, vive en un apartamento en Nueva York junto a su novio también artista, y bien sabe que el apellido paterno acaba ahí. Entonces es fácil identificar las tres narraciones como una reivindicación de la memoria, escrita en la relación propia no con un terreno cercado, su lago de aguas oscuras ni sus plantaciones o establos, sus pasillos o cuartos resguardando los despojos de la vejez, sino con el otro como espejo de las rebeliones que cada cual debe consagrar. Por ser Colombia, no es fácil evadir los rasgos más cruentos de la violencia rural, la reflexión íntima sobre un estado ausente, descripciones entrañables del miedo y la esperanza, el sueño del retorno o el ideal de eternizar así sea sólo como imagen abstracta el instante complaciente.
Pero al final todo, el relato y las impresiones que se atesoran en el baúl del tiempo, semejan a la tierra que pasa a la lista de nostalgias desde la lejanía. En La Oculta los muros son filtros contra el pavor del abandono prematuro más en los demás que en esta vida. Precisamente la pérdida de los recuerdos, la inconsciente propensión al olvido, no es más que una suerte liviana del destierro y la despedida.



domingo, 10 de mayo de 2015

Como cocinar

Voy a dar un consejo al que quiere escribir, pero debo comenzar obligatoriamente con una aclaración: lo suelto como lector, porque yo no escribo. A veces, sin periodicidad ni plazos simétricos saco notas, observo un par de situaciones y me las imagino entre frases y puntuaciones, me invento otro montón, trato de pegarlas con descripciones escuetas, se cuelan en los intersticios algunos pensamientos e ideas con poca afinación, y en fin, es el círculo de mi hábito. Nada de falsa modestia, me tiro duro porque me conozco. Leo, sí, con más dedicación, y me he topado con verdaderas piedras preciosas que fecundan imágenes nítidas, precisas, elaboradas con tal filigrana, con esa madurez literaria tornada en invitación contundente a seguir leyendo. Pienso de brochazo en lo reciente, El hombre que no fue jueves de Esteban Constaín, o Lo que todavía no sabes del pez hielo de Efraim Medina Reyes. Por eso, lo que voy a manifestar es más lo que me gusta encontrar cuando leo. Pongo un ejemplo sencillo: le puedo recomendar al chef que no le eche tanta sal al arroz porque me arrugó la sazón al primer bocado, y no necesito ser cocinero para que tenga lugar la apreciación; pero no me veo señalándole yerro en el tiempo de cocción de la carne, la dosis de especias, exceso de ingredientes en la salsa, o una mala elección de condimento.

Bueno, cuando desee acomodar una descripción que atrape, vívida, procure ver su escrito como el discurso elaborado por un hombre que sube a cualquier bus para vender un lapicero, con ojos de descubrimiento, con ánimo de convencer, con el poder innato de permitir al espectador un nuevo mundo escondido en algo que todos los días toma en su mano. Hoy lo presencié, y la cosa fue más o menos así:

Damas y caballeros, reciban un saludo cordial, mi intención no es molestarlos y simplemente voy a quitarles unos pocos minutos de su agradable tiempo. En la tarde de hoy vengo a ofrecerles un producto de oficina, de escuela, de hogar, necesario y de suma utilidad. Se trata de un esfero retráctil –prueba el mecanismo sosteniendo el lapicero en alto, abanicando para que sea visible el ejercicio desde ambas hileras de la silletería-, con gancho de seguridad que permite fijarlo en el borde de su bolsillo, o sostenerlo incluso en la solapa del saco, y así evitar su pérdida. Viene con una mina de calidad de tinta negra que garantiza más de un año de uso, totalmente cambiable, y el repuesto puede ser adquirido en cualquier papelería de la ciudad. Escribe sobre casi cualquier superficie gracias a su punta dinámica. Lo traigo en gran variedad de colores para el gusto de todos, y sólo por hoy, sólo por hoy, escuchen con atención, queda a un precio de promoción, gracias a esta campaña que estamos llevando a cabo en los vehículos de transporte público.

Magistral. Considérese a sí mismo un cocinero, algo así como el encargado de unir ingredientes que la vida pone sobre la mesa de la imaginación, para que aparezca ante los ojos maravillados de su comensal una variedad exclusiva de platos suculentos, exóticos sin caer en lo vulgar, exactos en las medidas, precisos en los sabores.





jueves, 23 de abril de 2015

Tres gracias

La primera del grupo empuja la puerta de vidrio opaco y espera a que las otras dos entren tras ella al vestíbulo. Sin intrigas, la mirada hacia el frente, toda seguridad asolando sobre esas piernas firmes, tonificadas. Llegan hasta el mostrador y al otro lado un muchacho las ve por encima de la revista que sostiene a pocos centímetros de la nariz, sube una ceja, y recorre en un vistazo sosegado los rostros inescrutables, fríos, de las tres colegialas. Luego se deleita al reconocer bajo las camisas blancas del uniforme los tres pares de pezones que sobresalen y parecen observarlo. El aire acondicionado, el bendito aire acondicionado dos veces más bendito: espanta este calor inclemente y regala una imagen tan nutrida, el espectáculo puntual de esos pezones que se asoman con ternura y provocan la sed libidinosa del galán. La del centro arroja un manojo de billetes bien ordenados sobre la barra de mármol negro de Marquina, y pide una habitación sólo por un par de horas, o como se dice en cualquier motel, ocasional. El joven abre un cajón bajo el mostrador sin quitar la mirada de los pechos redondos, saca una llave y se la entrega sin reparo alguno, perdido en la nube lasciva de su deseo. Las tres colegialas suben al segundo piso, y ya en la habitación, sentadas sobre la cama doble, se desnudan casi mecánicamente pero no por completo, primero los botones de la camisa blanca, impecable, luego el cierre de la falda y los zapatos lustrados; se dejan las medias que cubren casi hasta las rodillas. Se dejan la ropa interior negra de encaje, se ordenan el cabello suelto que en todas baja casi hasta las nalgas igual de redondas como los pechos, y comienzan los besos sencillos, cortos pero con calma, con tranquilidad. Una de ellas graba con su teléfono y se pega un mordisco suave en el labio; deja escapar el gemido sutil de las ganas, siente la humedad bajo la braga, y el calor aumenta cuando las dos que juegan al preámbulo del sexo se desnudan a cabalidad. Se intercalan para grabar, y luego para el placer, para el místico encuentro que queda registrado porque pagan bien los clientes, y piden colegialas así no estudien, así no vayan a ningún colegio, pero que aparenten esa maldad tierna que ofrece el uniforme como una metáfora de la pulcritud y lo prohibido. Esta secuencia no tiene escena mala, no hay recuadro sin carga explosiva de sensualidad, la detonación que genera el paso de la lengua por los pezones firmes, duros, por la entrepierna, por la humedad inocente y tibia, el roce de los labios sobre los labios, de la yema de los dedos acariciando con precisa calma la espalda, las mejillas, los muslos y la piel erizada.
El que viera luego el video lo compararía sin mucha vacilación con poesía, con literatura que encoña. Es Lolita de Navokob, es algo de Sade, son versos con agonía en Las flores del mal de Baudelaire. La que sostiene el teléfono camina lentamente bordeando la cama para cambiar el ángulo de la toma, y se acerca a la parte posterior de la cabeza sumergida en la entrepierna, devorando los nervios en ese vaivén constante de la lengua y todo, casi hasta el ombligo, mojado. La que reposa boca arriba arruga la sábana con una mano mientras con la otra se pellizca los pezones usando únicamente el índice y el pulgar. La cámara enfoca los ojos entrecerrados, luego desciende por el valle que separa los pechos, llega al ombligo bañado en saliva y sudor, y se aleja después del sexo, del otro rostro inmerso. Es una profanación amorosa al Eclesiastés. Esto es arte, se han de repetir en soledad y en compañía, y cada líquido es pintura tibia, es el matiz del placer y el éxtasis. Es el óleo Las tres Gracias de Rubens donde las Cárites griegas tocan sus cuerpos desnudos, repasan sus curvas. Esto es arte, no erótico sino encoñador, lo podemos decir sin vacilación.
        Todo termina en un par de horas. Pasan frente al mostrador de mármol, gracias le dicen en coro al encargado, ponen la llave cromada sobre la barra, y salen del motel luego de empujar la pesada puerta de vidrio. El sol del mediodía dibuja líneas de luz en el cabello suelto, largo, de las tres colegialas.



Portada de la edición número 7 de Universo Centro. Fotografía de Juan Fernando Ospina

lunes, 20 de abril de 2015

Pobres infelices


Cuando sale del edificio de apartamentos Pedro siempre toma el bus para ir a la oficina en el paradero que queda justo al cruzar la calle, antes de que el reloj de pulsera marque las seis de la mañana. Madruga como muchos pero trasnocha como la mayoría, acostumbrado a sus cálculos sin fórmulas grandilocuentes, porque en la ciudad de Pedro los pobres madrugan demasiado y duermen unas cuantas horas. Pero el servicio de transporte es pésimo, el bus pasa repleto de gente y no abre sus puertas, el siguiente repite la estampa y ya en el tercero reina la mezcla gris de impuntualidad y resignación en las caras alargadas de todos los pasajeros, que probablemente se aparezcan tarde ante la figura rígida del jefe. Pedro sube, saca un nudo de monedas y billetes del bolsillo del pantalón, se aferra al tubo de aluminio que atraviesa el interior del carro, y se tambalea al ritmo del viaje y los cuerpos aún sin despertar por completo.
     Hoy llegó temprano a su destino. Diez minutos para sentarse, mirar absorto la pantalla apagada del computador, repasar deberes antes de que el reloj de pared marque las siete como golpe para restallar la partida, pensar en el almuerzo, en la cena, cruzar los brazos, esperar; mejor dicho, esperar a que empiece el día porque lo demás es relleno entre jornadas de labor. El relleno, esas horas de mañana y noche, se van en lo necesariamente preciso para poder sostener las nueve horas de trabajo, que sostienen a su vez los ratos de cama, de televisión, de paciencia en el paradero y en el bus, o el tiempo exacto de desayuno para seguir vivo, para que sigan vivas esas nueve rondas diarias en el aparatejo colgado del clavo chueco donde encarcelaron sus ganas.
    Pero Pedro es feliz porque sus preocupaciones no quitan el sueño y son en escala pequeñas; o por lo menos es su consideración. La felicidad es una forma elegante de catalogar el conformismo dado que los cambios son angustias, así vengan para bien. Hace poco sintonizó un programa donde dos hombres entrados en años, elegantes, de saco y corbata con un diminuto escudo de armas en la solapa discutían sobre salud, o mejor, el sistema nacional que se encarga de que la gente siga saludable o por lo menos respirando. Eso está muy bien para ellos, pobres infelices, concluyó al apagar el televisor. Los problemas de hospitales son como la muerte, una cosa individual, un reclamo en la fila por excesiva incompetencia y falta de humanidad, al que le toca le toca pero ni antes ni después; tanto alegato atenta contra la alegría, hiperboliza minúsculas fallas, y ahí radica en últimas la calma espiritual de Pedro. Le intranquiliza de vez en cuando la deuda en el banco, pero no la crisis; la gripa y la congestión que adormece los huesos de las extremidades, pero no ese bendito cuento de los dos políticos tan repetitivo, tan constante, tan vacío, un “cáncer de patria” como lo llaman los muy psicóticos; le invade el desespero y la rabia infructuosa con el bus de la madrugada pero la movilidad es asunto del encargado; tiempo atrás consiguió título profesional en alguna universidad de la ciudad y luego de abandonar el auditorio de los grados la educación se volvió tema cerrado. 
     Se refugia de la lluvia al salir del trabajo bajo la carpa templada de una panadería. Siente el olor a pan recién horneado, a bocadillo de guayaba derretido, hojaldre y queso, galletas con azúcar espolvoreada. Imagina mientras caen las gotas pero no lo alcanzan, que está sentado a la mesa partiendo con un cuchillo de dientes filosos la masa suave del pan fresco de la tarde; sirve vino tinto al antojo de la moderación. Respira profundo, llena sus pulmones y entrecierra los ojos para después acariciar el mantel, la firme dureza de la madera bajo la tela áspera, el resplandor de la llama que consume la vela y la luz oscilando sobre la trama de cuadros. El bus se detiene frente a la panadería y la ilusión se disuelve con el aire impregnado del aroma caliente. Al interior del vehículo sólo alcanza a reconocer las siluetas de cuerpos tambaleantes, los restos vivientes de personas que aún no han despertado por completo. Pero no duermen, en verdad no duermen. 



Ilustración del hipnótico Pascal Campion


jueves, 7 de agosto de 2014

Julio Cortázar


Creo que no te quiero,
que solamente quiero la imposibilidad
tan obvia de quererte 
como la mano izquierda
enamorada de ese guante
que vive en la derecha.



sábado, 8 de marzo de 2014

Woody Allen


"Para ti soy un ateo. Para Dios, la oposición."


jueves, 6 de febrero de 2014

Birki, casi pueblo


Nerön Navarrete

Situado al sur de un país donde las guerras estancadas en el tiempo abandonaron ejércitos que caminan sin rumbo ni causa está Birki, un pueblo pequeño con casas coloridas y calles estrechas. Es de esperar que no aparezca en los mapas actuales, y su presencia en las clases de geografía no haga falta. Basta saber que todavía existe en el país con pueblos minúsculos. Tiene, claro, épocas de abundancia y de festividades, que los mismos habitantes buscan de cualquier forma extender hasta relacionarlas sólo con separaciones imprecisas de una o dos semanas.
El tren que conecta Birki con Grosni, su semejante más allá de las estribaciones empinadas de la gran montaña Sutraich, se demora aproximadamente media hora de estación a estación; y vea entonces lo curioso de Birki: nada es preciso. Lo que en otros lugares aplica como regla y dogma, la puntualidad por lo menos en las funciones del estado o en las tareas de la ingeniería moderna, es en Birki algo inexistente, casi desconocido, es decir, ni siquiera desconocido en absoluto para continuar en las imprecisiones. El “casi” es paradójicamente lo totalmente ubicuo en la vida diurna y nocturna de Birki. Ese “casi” de los diez minutos después de la hora pactada, o los veinte centímetros que faltaron para la línea de meta. Pero casos de otras puntadas dominan a Birki.
Los alumnos de los colegios, en aras de clarificar un poco la idea, no cursan los años que ha determinado el Ministerio de Asuntos Educativos del pequeño país: a veces sólo alcanzan a terminar la primaria, o a veces consumen los últimos minutos de su vida, el cabello canoso y el rostro surcado de arrugas, con los ojos al paso de renglones entre libros, dormitando en los amplios salones de la única universidad de Birki. Los primeros casi no estudian, y los segundos casi no viven.
Aunque la constitución de la patria dicta bajo severa advertencia de cárcel que todo mandatario puede durar sólo un periodo en el poder, el señor Biref, anciano con 23 hijos de 23 mujeres diferentes, y perteneciente a una familia de mercaderes de vinos costosos y exóticos, no ha dejado el banco de la alcaldía mayor desde su primer triunfo en las urnas hace ya nueve décadas. Mejor dicho casi un siglo. Valga aclarar otro ingrediente de particular matiz: dicha alcaldía tiene tres cuartos y ningún baño, una pequeña cocineta pero ningún comedor, un teléfono pero ninguna línea telefónica. Es casi una alcaldía.
Los domingos, un grupo de mujeres de delantal níveo y redes que cubren su cabello recogido instalan mesas enormes de caballete bajo el cielo del atardecer, frente a la única iglesia de Birki. Supongo que puede ser la única del país sin campanario. Sobre las mesas se disponen bolsas de papel colmadas de frituras con forma de media luna, de masa suave y amarillenta hecha con maíz, rellenas de papa cocida cubierta de cebolla y otros sabores; es un “pasa bocas” tradicional de Birki, o eso sería, si no hubiera llegado proveniente de otro poblado del norte. El caso es que nunca, en las bolsas, hay una cantidad exacta del exquisito manjar, y la ansiedad que genera el número secreto abre más el apetito; tradición a fin de cuentas.
¿Clima? Invierno es realmente una sucesión de varias semanas de lluvia copiosa que inunda con pequeños charcos las calles pavimentadas; En estos pozos diminutos pero abundantes el reflejo del sol se fragmenta en mil destellos. El otoño que arrebata las hojas de los árboles para dejar desnudos su tronco y ramas color tierra, forma un óleo único con las camelias amarillas y los jacintos azules que crecen en los jardines de Birki. Es decir, tienen su propia versión de las estaciones acomodada a la sutil belleza del pueblo. 
Mes y medio entre la gente de Birki, y ya me siento casi parte de su historia y cotidianos menesteres. Hace tres años el gobierno nacional le otorgó el título de segundo pueblo más feliz según un estudio riguroso, con el fin de fomentar el turismo; casi ganamos. Motivo de más para incluir otra fiesta en el calendario de celebraciones.