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lunes, 9 de octubre de 2017

Ratas

En este barrio no volvieron a ocurrir cuentos. El último fue acontecimiento del invierno y luego nos cayó un verano de historias. Algo así, más o menos. Bajo la calle pavimentada, y con toneladas de piedra como sepultura, corre, según cantaba mi abuela, una quebrada de aguas negras y espesas. «La mugre, mijo, caca acumulada por años». Aquel lunes de noviembre el cielo pasó de mañana soleada a una invasión, primero lenta y luego más veloz, de nubes oscuras; los destellos de relámpago crispado iluminaban por instantes las sombras atronadoras. Y como si el anuncio fuera para la corriente de la cañada, el suelo comenzó a temblar no de miedo sino de cólera. El torrente negro inflamó con furia esa arteria subterránea. Entonces se largó a llover. Las gotas pesadas soltaron el repiqueteo polvoriento sobre el pavimento, primero dando espacio entre golpe y golpe, luego con el ruido constante de la lluvia que viene de arriba con prisa. Fue cuando surgió por entre las rendijas de las alcantarillas del barrio una cantidad de brazos de agua estallando y elevándose sobre el suelo un par de metros. «Se reventó la quebrada», gritó mi abuela desde su sillón de cuero en medio de la sala, tirando a un lado el tejido de lana que ya casi terminaba. Por la ventana nos asomamos como quien admira el paisaje desde el interior del tren en marcha, y vimos la cantidad de ratas que el agua sacaba de las entrañas de la cuadra y paseaba por las aceras encharcadas. Las que lograban aferrarse a algún pedazo de calle libre de la inundación paraban a escampar el pelaje bajo el aguacero, pero el grupo grande fue a dar a una manga donde se formaba la multitud de ratas desorientadas. «Cosa seria la cañada», concluyó mi abuela, volvió al sillón, y sus dedos retomaron el tejido puntada tras puntada: una bufanda verde con figuras bien definidas de elefantes grisáceos. Las manos acompañaron el compás de gotas gruesas que chocaban contra el techo de tejas, la armonía de lluvia persistente sobre nuestra casa en medio del barrio.

jueves, 6 de febrero de 2014

Birki, casi pueblo


Nerön Navarrete

Situado al sur de un país donde las guerras estancadas en el tiempo abandonaron ejércitos que caminan sin rumbo ni causa está Birki, un pueblo pequeño con casas coloridas y calles estrechas. Es de esperar que no aparezca en los mapas actuales, y su presencia en las clases de geografía no haga falta. Basta saber que todavía existe en el país con pueblos minúsculos. Tiene, claro, épocas de abundancia y de festividades, que los mismos habitantes buscan de cualquier forma extender hasta relacionarlas sólo con separaciones imprecisas de una o dos semanas.
El tren que conecta Birki con Grosni, su semejante más allá de las estribaciones empinadas de la gran montaña Sutraich, se demora aproximadamente media hora de estación a estación; y vea entonces lo curioso de Birki: nada es preciso. Lo que en otros lugares aplica como regla y dogma, la puntualidad por lo menos en las funciones del estado o en las tareas de la ingeniería moderna, es en Birki algo inexistente, casi desconocido, es decir, ni siquiera desconocido en absoluto para continuar en las imprecisiones. El “casi” es paradójicamente lo totalmente ubicuo en la vida diurna y nocturna de Birki. Ese “casi” de los diez minutos después de la hora pactada, o los veinte centímetros que faltaron para la línea de meta. Pero casos de otras puntadas dominan a Birki.
Los alumnos de los colegios, en aras de clarificar un poco la idea, no cursan los años que ha determinado el Ministerio de Asuntos Educativos del pequeño país: a veces sólo alcanzan a terminar la primaria, o a veces consumen los últimos minutos de su vida, el cabello canoso y el rostro surcado de arrugas, con los ojos al paso de renglones entre libros, dormitando en los amplios salones de la única universidad de Birki. Los primeros casi no estudian, y los segundos casi no viven.
Aunque la constitución de la patria dicta bajo severa advertencia de cárcel que todo mandatario puede durar sólo un periodo en el poder, el señor Biref, anciano con 23 hijos de 23 mujeres diferentes, y perteneciente a una familia de mercaderes de vinos costosos y exóticos, no ha dejado el banco de la alcaldía mayor desde su primer triunfo en las urnas hace ya nueve décadas. Mejor dicho casi un siglo. Valga aclarar otro ingrediente de particular matiz: dicha alcaldía tiene tres cuartos y ningún baño, una pequeña cocineta pero ningún comedor, un teléfono pero ninguna línea telefónica. Es casi una alcaldía.
Los domingos, un grupo de mujeres de delantal níveo y redes que cubren su cabello recogido instalan mesas enormes de caballete bajo el cielo del atardecer, frente a la única iglesia de Birki. Supongo que puede ser la única del país sin campanario. Sobre las mesas se disponen bolsas de papel colmadas de frituras con forma de media luna, de masa suave y amarillenta hecha con maíz, rellenas de papa cocida cubierta de cebolla y otros sabores; es un “pasa bocas” tradicional de Birki, o eso sería, si no hubiera llegado proveniente de otro poblado del norte. El caso es que nunca, en las bolsas, hay una cantidad exacta del exquisito manjar, y la ansiedad que genera el número secreto abre más el apetito; tradición a fin de cuentas.
¿Clima? Invierno es realmente una sucesión de varias semanas de lluvia copiosa que inunda con pequeños charcos las calles pavimentadas; En estos pozos diminutos pero abundantes el reflejo del sol se fragmenta en mil destellos. El otoño que arrebata las hojas de los árboles para dejar desnudos su tronco y ramas color tierra, forma un óleo único con las camelias amarillas y los jacintos azules que crecen en los jardines de Birki. Es decir, tienen su propia versión de las estaciones acomodada a la sutil belleza del pueblo. 
Mes y medio entre la gente de Birki, y ya me siento casi parte de su historia y cotidianos menesteres. Hace tres años el gobierno nacional le otorgó el título de segundo pueblo más feliz según un estudio riguroso, con el fin de fomentar el turismo; casi ganamos. Motivo de más para incluir otra fiesta en el calendario de celebraciones.  



miércoles, 30 de octubre de 2013

Es la pura verdad


Es la pura verdad. Los aplausos iniciaron inmediatamente concluye su interpretación a capella de El día que me quieras, ese tango gardeliano que le hace poema a la indiferencia con campanas al viento y estrellas celosas, y el público nada indiferente le agradece al cantante golpeando sus palmas, y hasta cruza en ese repiqueteo el silbido de alguien en la última banca; pero cójase el cambio: de ahí pasa con versatilidad de artista consagrado al Ave María de Schubert, se pone cálido el ambiente de plegaria a la santa virginidad de la inmaculada mater et magistra, retumba el auditorio a la marcha de las trepidaciones que mueven el cuello del hombre parado en el centro, mientras asciende hasta el techo la fluidez del cansino dominus tecum.

Presenta disculpas por la ebriedad luego de la segunda tanda de aplausos, manda el índice al timbre, anuncia que ya llegó, que acá se tiene que bajar, mil gracias por sus cariños, y concluye el concierto improvisado.

—Hay cosas que sólo pasan en los buses de Santa Elena —dice una mujer compartiendo sorpresa.


Y viéndolo bien, es la pura verdad.  


miércoles, 12 de septiembre de 2012

Tres golpes


Mientras el viento frío de la medianoche ingresa a la sala a través de la ventana, las llamas en la chimenea van desapareciendo. Quedan dos troncos oscurecidos, casi en carbón, y lo que antes era fuego intenso aminora logrando la sutil brasa. Pero esa es toda la luz que habita en la vieja casona de campo donde he decidido recluirme; silencio y soledad para leer tirado en mi silla, y recordar con las siluetas portentosas que salen de vez en cuando de aquel fuego prodigioso.

Hace segundos las sombras bailaban en los muros del cuarto, y ascendían en danza hipnótica hasta alcanzar el techo. Ahora, mi figura trazada y desfalleciente se extiende, se torna como una línea delgada ya sin forma, moviéndose al capricho de las llamas remanentes. Me incorporo y observo lo que, en el centro de la chimenea, semeja el final de una historia narrada en matices de rojo, amarillo, negro.

¿Tocan a la puerta? Tocan a la puerta. Eso escuché, tres golpes secos, la prolongación de cada cual y el sonido sin ser sonido que les separa. Pero sin intención de abrir me acerco y pongo mi mano tímida, temblorosa, sobre la madera envejecida. No vuelven a tocar. No voy a abrir. Nadie aguardará en el corredor. Pero abro.

Luego de conjugar todo el panorama iluminado por la luz de la luna, y de dar dos pasos instintivos hacia la noche, hacia el prado, retrocedo y cierro. Esta clase de cosas, según he leído, suceden cuando, el que llama a la puerta ya está dentro. Con su anuncio de tres golpes te indica que reposa en la silla de la sala, está en la cocina moviendo los enseres, en el baño bajando la palanca, en tu comedor y en tu cuarto, descansando bajo la cama.

El impulso me lleva al patio trasero a tomar dos troncos del montículo de madera cortada y dispuesta para el fuego. Subo el interruptor, y al encenderse la bombilla aparecen de la nada cientos de bichos que empiezan a revoletear a su alrededor. Desciendo por una escalinata hacia la penumbra, y de repente la puerta se cierra. Me cierran la puerta. Empujo pero alguien al otro lado ha activado el pasador. Si usted permaneciera solo en aquel viejo refugio más de diez años, también sentiría un leve escalofrío escarbando en sus piernas hasta crecer y hacerle trepidar los hombros.

   Corro hacia la entrada principal, me guío por las paredes descascaradas del exterior de la casona, mis manos dan en la oscuridad con barrotes y columnas de concreto igual de consumidas, respiro fuerte y descontroladamente. Está cerrada, y toco tres veces, con ansia en el corazón acelerado que nadie abra. Y es cuando escucho los leños cayendo sobre las brasas agonizantes de la chimenea, oigo cuando se sienta en la silla de mi sala, y nadie se acerca a abrir. Con el frío de la medianoche en el cuerpo camino a pasos cortos hacia la ventana por donde entra el viento cargado de luna y prado.