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sábado, 19 de mayo de 2018

Lucha de clases


Ilustración de Verónica Velásquez. Cuento publicado originalmente en Universo Centro nro. 96. Mayo de 2018.


El poder no se posee, se ejerce: afirmación que ha dado tela para infinidad de debates en la sastrería de la universidad. Y nada representa mejor su alcance que el rasero bondadoso o tiránico de la nota en clase. Del cero al cinco los profesores tienen en sus manos la regla que mide parciales, exposiciones, talleres y finales; o ponen a ganar al estudiante o lo ponen a perder, ya sea con sabiduría y mesura o con hiel rencorosa y lascivia. Pero es una autoridad que no dura para siempre: lo que pasa en el salón tiempo después se vuelve anécdota, recuerdo maluco, chistes para el reencuentro de egresados o amistades de tinto entre el alumno agradecido y el maestro orgulloso.

Jairo Montaño es un profesor de planta que conoce el juego y lo domina con pericia. Desde el primer día de clase hace un recorrido atento y cauteloso para identificar a la inocente que en unos cuantos meses va a estar rogándole para que la pase. Los hombres, qué carajo, ojalá peguen bien un par de frases con alguna cita sacada a empellones de los documentos que les pone a leer, y listo. Su materia se llama Teoría sociológica I, algo así como un curso de iniciación para encender el motor de la carrera.

Esa mañana Mario, Paulina y yo estábamos en la cafetería, a sólo dos mesas del drama: una muchacha que no llegaba a los veinte años le suplicaba al borde de las lágrimas, unía sus manos, luego miraba de nuevo las notas del semestre y la evaluación del final llena de tachones de lapicero rojo. Montaño era una estatua de indiferencia. Calvita arriba y cola menuda atrás, mentón amplio, ojos pequeños y nariz afilada, tenía la atención perdida en las mangas de la universidad, y sólo movía la cabeza en una negación mecánica. La espesura de un bozo gris ocultaba la sonrisa de victoria: ya había reducido a la víctima.

Nosotros tres sólo intentamos escuchar por curiosidad, pero más tarde, en un bar cerca a la universidad, comentamos el tema con calma y lenguaje de pola. Mario y yo vimos ese curso hace ya mucho tiempo, y ahora andábamos en la práctica. A Paulina le tocó verlo cuando llegaba a los treinta años; técnicamente otro hombre a los ojos de Montaño. Pero ella, como adulta en pregrado, sirvió de paño de lágrimas para varias jovencitas que al final, entre la frustración y el asco por las insinuaciones del profesor, repitieron la materia en otra universidad gracias a un programa de pasantía. La tabla de salvación no redimía la mancha en la hoja de vida académica, pero les evitaba llegar a extremos para pasar raspadas. “Cuándo será que echan a ese hijueputa”, comentó Mario. “Qué pesar de esas peladas, les digo pues. Y en esa facultad no hacen nada”, respondió Paulina. A ella la indignación se le escuchaba más sincera. Por esos días yo trabajaba en un proyecto con la Alcaldía y tenía cierta cercanía a muchachos no muy reputados de un barrio popular que me guardaban estima y respeto por dos razones: estar en la universidad y dirigir unos talleres de pintura que dábamos los sábados en la sede comunal. Con uno de ellos, especialmente, había tejido una suerte de camaradería y confianza. Saqué un cigarrillo, lo prendí, fruncí el entrecejo para darle seriedad a mi próxima frase, y luego de inclinarme un poco como quien va a soltar un secreto peligroso, les dije: “lo mejor es pegarle un susto a ese man”.

***

Pepino nunca fue pillo, pero se reunía después del mediodía con los muchachos en la esquina a fumarse un porrito y a esperar la noche para volver a la casa. Veinticinco años. Cuando terminábamos el taller casi siempre le pedía que nos quedáramos otro rato en una tienda tomando gaseosa. Era todo un personaje: sin caer en nada ilegal más allá de la traba, odiaba a los “tombos por sapos”, compartía la pinta y las palabras de su combo, y de vez en cuando se ponía reflexivo. Con corte de pelo estilo militar, su cabeza alargada casi hasta la caricatura permitía entender el apodo; dos ojos enromes y saltones estaban separados por una nariz fina. De su oreja izquierda colgaba siempre una pequeña candonga de plata. Propuestas de manejar plaza o cuidar cuadras le llegaban cada semana, pero Pepino siempre estuvo al margen no por cobardía sino por el deseo no resuelto de estudiar. Conversábamos sobre las ideas revolucionarias de Camilo Torres y su entrada al ELN a mediados de los sesenta, la diferencia entre liberales y conservadores o el nacimiento de la Constitución del 91, y Pepino mostraba inquietud, un joven entendiendo poco a poco el funcionamiento mezquino de la nación, la cabeza que movía la falange de su barrio. “Tengo que meterle un susto a alguien”, le solté casi sonriendo, sin asomo de inseguridad. Ese sábado ya lo tenía inspirado con cuentos sobre la lucha obrera y el voto femenino. “¿Y qué fue lo que hizo pues?”, preguntó; ahí me llegó cierto aire de tranquilidad. Venía preparado para una negativa inmediata. “Es un profesor de la universidad que maneja las calificaciones para caerles a las peladas”. Luego de escuchar el asunto completo le quedó claro que Montaño era un depravado. Y aceptó. El plan en esencia era muy simple: yo tenía la dirección de Montaño; él salía los viernes de clase de seis de la tarde y siempre se tomaba los aguardientes en una taberna de salsa cerca de la universidad. Luego caminaba hasta la casa, un trayecto de cuatro cuadras. Desde mi moto, al lado de una cabina de teléfono, yo iba a estar de campana en una esquina hasta que llegara. Pepino en una tienda esperaba la señal, una llamada perdida. Y ahí salía en su moto, lo abordaba, fingía portar un arma, se mandaba la mano a la cacha bajo la camisa –la billetera, para ser francos–, y en cuestión de segundos lo dejaba congelado luego de una amenaza simple, más o menos algo como “si te volvés a meter con alguna pelada de la universidad te morís, maricón. Quedás advertido”. Todo muy rápido, sin violencia pero con determinación.

Íbamos bien, hasta que Pepino disparó la amenaza. A buena distancia observé atento, preso de ansiedad ante una escena que probablemente disfrutarían las víctimas indefensas de los deseos carnales de Montaño. Viejo pervertido. Ojalá hubiera tenido una cámara para regar el video, ojalá hubiera podido hacer zoom a sus pantalones y capturar para la posteridad la manchita de orín bajando hasta las rodillas. Pero en nuestro plan no consideramos que Montaño, con los guaritos encima, no copiaba de miedo. Más que susto, despertamos su valor de maestro borrachín. Un derechazo preciso a la mandíbula y el pobre Pepino cayó al pavimento. El cuerpo metálico de la moto descansó su peso sobre las piernas y lo atrapó contra el suelo entre quejidos y alboroto. De la otra esquina apareció otra moto más enorme, gruñendo como perro guardián, verde e imponente: los policías, los tombos. “Este hijueputa me iba a atracar”, gritó Montaño. Ni siquiera le quedó claro el mandado. Pepino no lograba liberarse y se retorcía en el piso. Un policía calmaba al inocente profesor de universidad mientras el otro llamaba por radioteléfono a la patrulla para levantar al ladrón y llevarlo a la estación. Desde un rincón asistí a mi propio asombro y pavor. Me refugié en la cabina telefónica y pasé desapercibido hasta que todo concluyó. Fue una hora tan larga como la noche entera.

***

Escribo esto desde una mesa en la cafetería de la Facultad. Han pasado dos meses. De Pepino puedo decir que sólo sufrió el tratamiento reglamentario: diez horas de calabozo por intento de robo a mano desarmada y una anotación sencilla. Según averiguaciones de Paulina, ahora Montaño relata en cada clase la historia heroica en la que se salvó, por su arrojo y precisión al conectar golpes, de un robo inevitable. “Si la ciudad está muy insegura”, predica, “es necesario que ustedes venzan el miedo”. Da detalles, se sienta sobre el escritorio, se recoge las mangas de la camisa como conferencista diestro y describe a Pepino como un Goliat derrotado por la determinación. Ahora está conversando alegremente con dos muchachas que lo invitaron a tinto con tal de que les vuelva a contar el milagro. Ya no oculta la sonrisa victoriosa bajo el bigote espeso. Los veo desde mi mesa y finjo no prestar atención a la comedia.

miércoles, 17 de enero de 2018

Otras voces, otros ámbitos

La madurez es una pregunta que cuestiona las lecciones previstas por el tiempo. Es decir, ¿en qué punto alcanza su estado más evidente?, o en cambio, ¿se puede volver de su plena condición y desarrollo, como si tuviéramos la capacidad de rechazarla luego de estar inmersos en ella? Y algo más irreal: ¿cuál es en  verdad su lado opuesto?
Acabo de leer Otras voces, otros ámbitos de Truman Capote: una historia tan conmovedora y lúcida, tan estupenda e íntima; imágenes de Norteamérica que valen para la memoria. Capote construye esta primera novela (1948) a los 23 años; probablemente aquí se perfilaron el hombre y el nombre que luego traerían El arpa de hierba (1951) y Desayuno en Tiffany´s (1958).
Hijo de Nueva Orleans pero criado en granjas del sur estadounidense, Capote logra proyecciones literarias heredadas de los paisajes que se le entregaban durante el día en juegos de luces y colores, por encima de la joroba dentada de la línea de árboles y el curso acuático de la tarde en el campo. Pero también, las revelaciones de la pasión humana que vemos en personajes agobiados por cargas de los amores y los odios ya lejanos, aún con sueños mínimos para redimirse del pasado. Se desdobla en los libros el autor inquieto.
Joel Knox, de trece años, emprende su viaje luego de recibir una carta de su padre, quien los abandonó a él y a su madre cuando el muchacho sólo tenía un año de vida. Con él recorremos no sólo los caminos para llegar a un nuevo hogar, sino los descubrimientos que le aguardan: encontrar un mundo rural reducido, sólo habitado por un puñado de gente, pero enorme en las características diversas de cada morador. Las palabras se convierten en una galería: toda frase es pincelazo deliberado y al final nos queda la imagen, el cuadro completo. «Durante algún tiempo el pájaro de la lluvia había chillado su fresca promesa desde su guarida de bayas de saúco, y el sol estaba encerrado en una tumba de nubes, nubes tropicales que avanzaban por el bajo cielo amontonándose hasta formar una gigantesca montaña gris».
La madurez de Joel Knox, visible en sus recuerdos de lugar, las relaciones familiares y fraternales, las despedidas inevitables, y la posibilidad de ver al frente para que la vida continúe, es un indicio de la madurez de Capote: «se volvió a mirar al estéril azul evanescente y contempló al chiquillo que había dejado atrás». Pero el lector también recibe una dosis de esa misma madurez, es decir, se entristece con los sucesos crueles, se alegra con las ilusión, por ejemplo, de conocer la nieve, y al cierre toma como algo natural el adiós prudente: volver los ojos a un buen libro, y a los pasos que nos trajeron a esta tímida calma, a esta reconfortante incertidumbre. 


lunes, 9 de octubre de 2017

Ratas

En este barrio no volvieron a ocurrir cuentos. El último fue acontecimiento del invierno y luego nos cayó un verano de historias. Algo así, más o menos. Bajo la calle pavimentada, y con toneladas de piedra como sepultura, corre, según cantaba mi abuela, una quebrada de aguas negras y espesas. «La mugre, mijo, caca acumulada por años». Aquel lunes de noviembre el cielo pasó de mañana soleada a una invasión, primero lenta y luego más veloz, de nubes oscuras; los destellos de relámpago crispado iluminaban por instantes las sombras atronadoras. Y como si el anuncio fuera para la corriente de la cañada, el suelo comenzó a temblar no de miedo sino de cólera. El torrente negro inflamó con furia esa arteria subterránea. Entonces se largó a llover. Las gotas pesadas soltaron el repiqueteo polvoriento sobre el pavimento, primero dando espacio entre golpe y golpe, luego con el ruido constante de la lluvia que viene de arriba con prisa. Fue cuando surgió por entre las rendijas de las alcantarillas del barrio una cantidad de brazos de agua estallando y elevándose sobre el suelo un par de metros. «Se reventó la quebrada», gritó mi abuela desde su sillón de cuero en medio de la sala, tirando a un lado el tejido de lana que ya casi terminaba. Por la ventana nos asomamos como quien admira el paisaje desde el interior del tren en marcha, y vimos la cantidad de ratas que el agua sacaba de las entrañas de la cuadra y paseaba por las aceras encharcadas. Las que lograban aferrarse a algún pedazo de calle libre de la inundación paraban a escampar el pelaje bajo el aguacero, pero el grupo grande fue a dar a una manga donde se formaba la multitud de ratas desorientadas. «Cosa seria la cañada», concluyó mi abuela, volvió al sillón, y sus dedos retomaron el tejido puntada tras puntada: una bufanda verde con figuras bien definidas de elefantes grisáceos. Las manos acompañaron el compás de gotas gruesas que chocaban contra el techo de tejas, la armonía de lluvia persistente sobre nuestra casa en medio del barrio.

domingo, 26 de febrero de 2017

Común y corriente

Este tipo de libros encarna cierta dificultad para una clase muy particular de lectores: no es una sino muchas historias. Por lo usual caigo en la costumbre absurda de embelesarme más con el ejercicio de encontrar los lazos que unen un relato, que en maravillarme con la profundidad que cada cual, en aparente simpleza, entrega al ser leído.
En 1999 el escritor Paul Auster recibe la invitación de presentar un programa en la Radio Pública Nacional de Estados Unidos, para compartir con la audiencia algunos de sus cuentos. Tras rechazar la propuesta, Auster se siente primero intrigado y luego convencido con la idea de su esposa Siri: pedirle a los oyentes que sean ellos los que envíen los relatos, y el autor los lee luego al aire. Nada pretencioso, suena al principio. Un año después de iniciado el proyecto, ya tenía más de mil historias. “La mayor parte de ellas han sido escritas con una convicción firme y sencilla y honran a las personas que las han enviado. Todos nosotros sentimos que tenemos una vida interior. Todos sentimos que formamos parte del mundo y que, sin embargo, vivimos exiliados en él. Todos ardemos en las llamas de nuestra propia existencia”, afirma el autor en el prólogo de este libro que recoge la selección de 180 testimonios personales, todos cristalizando la pluralidad de la condición humana: Creía que mi padre era Dios.
Es Norteamérica expuesta en una diáspora de pequeñas patrias: la que cada uno fronteriza, preserva, no siempre añora, la de la Guerra de Vietnam, el racismo, las nuevas oportunidades y los desamores. Continentes flotando en océanos inmensos de nuestro ser íntimo. “Es entonces cuando oigo desde fuera la manifestación de mi conciencia interior. Comienza al mismo tiempo por encima y entre el cruce en el que me encuentro. Es un estruendo que intercede en mi ruidoso sueño de carretera. El silbido atraviesa la noche, se acerca, llega a su punto culminante y luego se aleja. El sonido es fuerte, agresivo y, con acorde celeridad, algo que se pierde en la distancia mientras me recuerda que no estoy en ninguna parte”, escribe John Howze, de Tejas.
No quiero recordar aquí una cita en particular, pero de forma segura muchos autores han instado a dar un segundo paseo por su obra, como impulso indispensable para que el lector descubra también los personajes, los lugares y las escenas difíciles de advertir tras el primer recorrido. Tal muñeca matrioska, así se compone Creía que mi padre era Dios. En una sola página pueden darse cita las notas más nimias de la cotidianidad, con un maravilloso acontecimiento del azar. Algo me sorprendió y fascinó: en la última historia, una mujer refugiada de múltiples males acude al llamado de Paul Auster, y envía una descripción de sus reflexiones, que transmite la plenitud de las palabras, los secretos que en cada sílaba ellas –entre la voz encerrada en la radio, y que la acompaña en los peores momentos– conservan y anidan con celo. Como la vida. Lo sencillo, lo de todas las jornadas, disfrazado de común y corriente. Como una narración exigiendo ser releída, para entregar los átomos esenciales de sus pequeñas narraciones.

***

“Me he levantado más temprano que de costumbre. El aire ha cambiado. En primavera el aire es diferente que en invierno. Las ramas de los árboles están dentadas con pequeños brotes rojizos. Más adelante, se cubrirán de una pelusilla verdeamarillenta, formando unos pálidos halos bajo el sol. Las hojas estivales son oscuras y dan sombra, pero las hojas primaverales dejan pasar la luz. En primavera, los árboles despliegan unas bóvedas translúcidas y resplandecen durante el día.”

Eileen O´Hara
San Francisco, California.

“En mi versión, yo me elevo, (…) y observo las olas de un mar de hierba, los campos arados de un marrón profundo, las grandes llanuras y los ríos en primavera con sus aguas enfurecidas, mientras navego por el aire. Trazo un arco por encima de relucientes aldeas africanas y de amplias extensiones de nieve azulada sin sentir calor ni frío. Veo ejércitos de pingüinos emperadores en la península antártica, esperando la primavera como mudas estatuas, y masas humanas irritadas, apretujándose en las entradas de los metros. A pesar de los cambios geográficos, mis paisajes imaginarios son siempre soleados y me permiten proyectar mi sombra ondulada sobre la irregular superficie de la tierra.”

Mary McCallum
Proctorsville, Vermont.

“Temblando, nerviosa, enciendo la radio por primera vez en muchos meses. Paul Auster está leyendo un relato sobre una niña que ha perdido a su padre y que arrastra un árbol de Navidad por las calles de Brooklyn a medianoche. Nos pide que le enviemos nuestras historias.
Hay ciertas condiciones: tienen que ser cortas y tienen que ser verídicas.
Pero yo no tengo muertes ni viajes dignos de ser contados. No tengo golpes de suerte espectaculares ni tragedias increíbles. Sólo tengo una tristeza común y corriente. Peor aún, llevo semanas sin poder escribir nada y lo único que ocupa mi mente son las partidas inminentes, los cambios inminentes.
Entonces me doy cuenta: éste es el momento en que la soledad me tiende su mano amiga. La radio me está invitando a que vuelva. Que vuelva a las habitaciones que llenará con su voz envuelta en la más tibia franela, que vuelva a la cálida luz de un tiempo a solas.
He reconocido su invitación al escribir estas líneas. Ésta es mi historia, que concluye con el punto culminante del presente.”

Ameni Rozsa
Williamstown, Massachusetts.


domingo, 22 de enero de 2017

Los destinos cruzados

El título del libro es una pretensión de conjuro y azar: El castillo de los destinos cruzados. La novela, dividida en dos escenarios de densidad mordaz, versa alrededor de las existencias, los pasos, los fracasos y los milagros que ejercen personajes desconocidos, todos buscando refugio, todos en un encuentro inesperado con audiencia dispuesta al banquete o las copas; su suerte es el sino trágico o afortunado. Pero el detalle más consistente es que en ambos espacios –el castillo y la taberna–, todos los presentes pierden la voz, y sólo pueden construir su relato con las cartas del tarot (barajas de Visconti-Sforza y Marsella respectivamente). Es por ello que el inicio de cada memoria precisa el esfuerzo de descifrar la intención, adivinar en un acto de clarividencia el origen de la esencia particular que cada quien ha traído hasta la mesa de los extraños. Los nombres de los capítulos son testimoniales: historia de la novia condenada, historia de un ladrón de sepulcros, o historia del bosque vengador.
Al escritor cubano Italo Calvino (más recordado por Las ciudades invisibles o Si una noche de invierno un viajero) le tomó cinco años cumplir la tarea de esta obra astronómica. Merced a su impulso, sintió el deseo de conjugar el icono con su posibilidad interpretativa. Publicado en 1973, El castillo de los destinos cruzados es incluso en palabras del mismo autor uno de sus mejores trabajos, y no se aleja de los conceptos que sobre él se han elaborado. Además de la cartografía caprichosa compuesta por el conjunto de protagonistas, el grupo de viajeros, la falta de voz y el mazo como único lenguaje, son los símbolos del poder, el amor y la locura los que dan puntadas certeras para convertir los relatos en uno solo: la humanidad representando el papel minúsculo de sus agonías, limitada por el tiempo ante los ojos indiferentes de la historia.
“Ahora prepara una mesa para dos, espera el regreso del marido y espía cada movimiento del follaje de este bosque, cada carta que cae de esta baraja del tarot, cada golpe de efecto en esta urdimbre de cuentos, hasta llegar al final del juego. Entonces sus manos desparraman las cartas, mezclan la baraja, vuelven a empezar desde el principio.”



***
El castillo de los destinos cruzados (traducción de Aurora Bernárdez), Ediciones Siruela. 

lunes, 8 de agosto de 2016

Ajena es la patria


La historia de Ovidio, el poeta latino exiliado por orden de César Augusto en el año 8 d.C., permite al escritor Pablo Montoya intentar de manera culminante y singular una reflexión sobre el hogar y el desarraigo. Lejos de Roma es el puerto donde atraca por última vez la nave de un hombre abandonado, que al final, a la sombra de un árbol y bajo los últimos rayos del sol antes de la noche, se reencuentra con su principio. Presenciamos entonces una suerte de resurrección. En las sucesivas visiones que le inquietan día a día, despunta la de Lucio, su hermano muerto, augurándole un póstumo regalo del azar: “Nadie cavará una tumba para ti al pie de un camino, y tu epitafio, así lo hayas escrito ya, jamás será leído. Estarás solo, y sólo, Ovidio, la muerte te acogerá. Esta y no otra es la última dádiva que te dará el exilio”.
Ovidio ya no es un poeta del amor y las pasiones; es un hombre solitario que desde la aldea de Tomos se siente ajeno a los caprichos del tiempo. Tiene sueños confusos en los que caravanas de personas con el rostro desdibujado se dirigen a ningún lugar. Intercambia cartas con su esposa Fabia y su amigo Higinio, el regente de la Biblioteca Palatina; pero es sólo un gesto huérfano de pertenencia, porque sabe que ni siquiera en Roma, su casa –a donde ya nunca volverá-, es posible hallar la paz.
Pero él mismo es su mejor extensión profética.
Piensa en Julia, juzgada por un escándalo de infidelidad. El delito es imperdonable para el emperador y su padre, César Augusto, quien férreo en sus principios e implacable en las decisiones la envía a la isla Pandataria en el Mediterráneo. Piensa también en el sucesor de César, Tiberio, y en las jornadas oscuras que vienen para Roma. Y allí, en la que fue su patria, las calles se vuelven más estrechas, los mercados se reducen, las murallas se cierran, porque el mundo se convierte a cada golpe de la historia en un mapa más enorme sin las fronteras del espacio que sólo los hombres imponen.


“Huye todo lo firme, lo sólido, el cuerpo que representa y nombra. Y sólo lo fugitivo permanece. El agua que pasa permanece en el poema. La luz de la tarde permanece en la palabra. El pájaro que vuela de la rama permanece en el verso. La lluvia permanece en quien la contempla. El beso permanece en el recuerdo que se torna escritura.”

Ovidio entre los escitas. Eugène Delacroix, 1859.

jueves, 16 de junio de 2016

El nombre de una mujer me delata

Para los griegos del mundo antiguo la mujer era un regalo tramposo de los dioses; marcada como caballo de Troya bajo el manto de piel divina y sencilla pasión, soportó la suerte de la adversidad, o en cierto juego inverso de la idea, un bien condenatorio. En su Teogonía, Hesíodo llama a la primera mujer kalòn kakòn, “mal hermoso”. Más que nota histórica, prefiero apuntar pequeñas líneas sobre la literatura, que en últimas, es un predio más fértil para cultivar ilusiones que florezcan en redención: el ebrio insalvable se convierte en escritor de culto, el suicida réprobo en maestro de la novela o la mujer violentada en testimonio revelador.
En una visita a la librería Palinuro, Luis Alberto me regaló dos pequeños volúmenes –parte I y II- de la colección Un libro por centavos, de la Universidad Externado de Colombia, respectivamente los números 105 y 106. El título de la pareja remite inmediatamente al poema El amenazado de Borges: Me duele una mujer en todo el cuerpo. Se trata de una antología de mujeres poetas, y al pasar el rato con estas páginas se llega sin posibilidad de renuncia, sin opción de abandonar la lectura o de suspenderla por muchas horas, a cierta orilla de una isla en principio desconocida. Hablo por mí, en una forma de reconocer que leo poca poesía; pero esta labor necesaria de reunir 22 autoras es asegurar un buen inicio, o por lo menos garantiza viaje placentero a ese puerto singular para el pobre en versos.
Hay que leer con calma. Se debe dar pausa como en la música, porque así han definido múltiples conocedores a los buenos poemas. Y si alguno no le gusta o sólo le despierta un sopor entre páginas, aguarde por otro que sí le detone la sensación, porque probablemente sucederá; conmover el alma es una ciencia inexacta.  

Cadenas

Como un niño obstinado
que persiste en salir del laberinto
deambulas noche a noche por mis sueños.
Con el alma encogida yo te sigo
sabiendo que más tarde o más temprano
tú encontrarás la puerta y yo el olvido.

Piedad Bonnett

Casa vacía

Todos los días me deshago de la hierba
que crece dentro de la casa
pero crece de nuevo,
rompe la casa y la deshoja.
A ella entran todo el tiempo
cosas que se hunden en la hierba.
Mi cuerpo es esta casa vacía
a la que también yo entro
pero que no me habita.

Andrea Cote

Cristal

La imagen se repite
como una pesadilla infantil.

El cuerpo de la juventud
reflejado en habitaciones
donde los espejos cubren las paredes
y el miedo se confunde con la inocencia.

Aprendimos el juego del deseo
hasta la vergüenza,
hasta quedarnos sin cuerpo
ni espejo.

Catalina González Restrepo

jueves, 9 de junio de 2016

La Oculta: nostalgias en la lejanía


Puede ser tema frecuente en la literatura el retorno idílico a la figura de la tierra como añoranza del que la busca o tranquilidad del que la posee. Además, no es una línea perteneciente a latitud particular o a temporalidad determinada en el mundo de las letras: toda conquista es expansión del país propio, toda bandera izada simboliza presencia y victoria. Sin embargo, no es tan sencillo explorar el cuerpo como territorio, y probablemente el fenómeno –o la ausencia del mismo- provenga de teorizaciones que complejizan la relación.
Una finca entre el paisaje montañoso de Antioquia es el eslabón imprescindible que une el ser con el pasado copioso en momentos y búsquedas en la más reciente obra de Héctor Abad Faciolince. Para los tres hermanos que construyen la historia de La Oculta, el cuerpo es un símbolo de sus contrastes que se vinculan en la familia, o dicho de otra forma, es la concreción de la realidad: para Pilar el cuerpo es un registro recatado de testimonios personales que justifican o incluso legitiman la fidelidad a un hombre, a sus hijos, a su fe; para Eva, por el contrario, el cuerpo es un estandarte enarbolado de su autonomía, la independencia, la existencia como una yuxtaposición consciente de experiencias; Antonio es el explorador de la línea familiar para encontrar en la huella de colonos y campesinos la idea de aquel lazo con sus hermanas, con La Oculta, con el suroeste antioqueño. Antonio –Toño- es homosexual, músico, vive en un apartamento en Nueva York junto a su novio también artista, y bien sabe que el apellido paterno acaba ahí. Entonces es fácil identificar las tres narraciones como una reivindicación de la memoria, escrita en la relación propia no con un terreno cercado, su lago de aguas oscuras ni sus plantaciones o establos, sus pasillos o cuartos resguardando los despojos de la vejez, sino con el otro como espejo de las rebeliones que cada cual debe consagrar. Por ser Colombia, no es fácil evadir los rasgos más cruentos de la violencia rural, la reflexión íntima sobre un estado ausente, descripciones entrañables del miedo y la esperanza, el sueño del retorno o el ideal de eternizar así sea sólo como imagen abstracta el instante complaciente.
Pero al final todo, el relato y las impresiones que se atesoran en el baúl del tiempo, semejan a la tierra que pasa a la lista de nostalgias desde la lejanía. En La Oculta los muros son filtros contra el pavor del abandono prematuro más en los demás que en esta vida. Precisamente la pérdida de los recuerdos, la inconsciente propensión al olvido, no es más que una suerte liviana del destierro y la despedida.



domingo, 10 de mayo de 2015

Como cocinar

Voy a dar un consejo al que quiere escribir, pero debo comenzar obligatoriamente con una aclaración: lo suelto como lector, porque yo no escribo. A veces, sin periodicidad ni plazos simétricos saco notas, observo un par de situaciones y me las imagino entre frases y puntuaciones, me invento otro montón, trato de pegarlas con descripciones escuetas, se cuelan en los intersticios algunos pensamientos e ideas con poca afinación, y en fin, es el círculo de mi hábito. Nada de falsa modestia, me tiro duro porque me conozco. Leo, sí, con más dedicación, y me he topado con verdaderas piedras preciosas que fecundan imágenes nítidas, precisas, elaboradas con tal filigrana, con esa madurez literaria tornada en invitación contundente a seguir leyendo. Pienso de brochazo en lo reciente, El hombre que no fue jueves de Esteban Constaín, o Lo que todavía no sabes del pez hielo de Efraim Medina Reyes. Por eso, lo que voy a manifestar es más lo que me gusta encontrar cuando leo. Pongo un ejemplo sencillo: le puedo recomendar al chef que no le eche tanta sal al arroz porque me arrugó la sazón al primer bocado, y no necesito ser cocinero para que tenga lugar la apreciación; pero no me veo señalándole yerro en el tiempo de cocción de la carne, la dosis de especias, exceso de ingredientes en la salsa, o una mala elección de condimento.

Bueno, cuando desee acomodar una descripción que atrape, vívida, procure ver su escrito como el discurso elaborado por un hombre que sube a cualquier bus para vender un lapicero, con ojos de descubrimiento, con ánimo de convencer, con el poder innato de permitir al espectador un nuevo mundo escondido en algo que todos los días toma en su mano. Hoy lo presencié, y la cosa fue más o menos así:

Damas y caballeros, reciban un saludo cordial, mi intención no es molestarlos y simplemente voy a quitarles unos pocos minutos de su agradable tiempo. En la tarde de hoy vengo a ofrecerles un producto de oficina, de escuela, de hogar, necesario y de suma utilidad. Se trata de un esfero retráctil –prueba el mecanismo sosteniendo el lapicero en alto, abanicando para que sea visible el ejercicio desde ambas hileras de la silletería-, con gancho de seguridad que permite fijarlo en el borde de su bolsillo, o sostenerlo incluso en la solapa del saco, y así evitar su pérdida. Viene con una mina de calidad de tinta negra que garantiza más de un año de uso, totalmente cambiable, y el repuesto puede ser adquirido en cualquier papelería de la ciudad. Escribe sobre casi cualquier superficie gracias a su punta dinámica. Lo traigo en gran variedad de colores para el gusto de todos, y sólo por hoy, sólo por hoy, escuchen con atención, queda a un precio de promoción, gracias a esta campaña que estamos llevando a cabo en los vehículos de transporte público.

Magistral. Considérese a sí mismo un cocinero, algo así como el encargado de unir ingredientes que la vida pone sobre la mesa de la imaginación, para que aparezca ante los ojos maravillados de su comensal una variedad exclusiva de platos suculentos, exóticos sin caer en lo vulgar, exactos en las medidas, precisos en los sabores.





jueves, 23 de abril de 2015

Tres gracias

La primera del grupo empuja la puerta de vidrio opaco y espera a que las otras dos entren tras ella al vestíbulo. Sin intrigas, la mirada hacia el frente, toda seguridad asolando sobre esas piernas firmes, tonificadas. Llegan hasta el mostrador y al otro lado un muchacho las ve por encima de la revista que sostiene a pocos centímetros de la nariz, sube una ceja, y recorre en un vistazo sosegado los rostros inescrutables, fríos, de las tres colegialas. Luego se deleita al reconocer bajo las camisas blancas del uniforme los tres pares de pezones que sobresalen y parecen observarlo. El aire acondicionado, el bendito aire acondicionado dos veces más bendito: espanta este calor inclemente y regala una imagen tan nutrida, el espectáculo puntual de esos pezones que se asoman con ternura y provocan la sed libidinosa del galán. La del centro arroja un manojo de billetes bien ordenados sobre la barra de mármol negro de Marquina, y pide una habitación sólo por un par de horas, o como se dice en cualquier motel, ocasional. El joven abre un cajón bajo el mostrador sin quitar la mirada de los pechos redondos, saca una llave y se la entrega sin reparo alguno, perdido en la nube lasciva de su deseo. Las tres colegialas suben al segundo piso, y ya en la habitación, sentadas sobre la cama doble, se desnudan casi mecánicamente pero no por completo, primero los botones de la camisa blanca, impecable, luego el cierre de la falda y los zapatos lustrados; se dejan las medias que cubren casi hasta las rodillas. Se dejan la ropa interior negra de encaje, se ordenan el cabello suelto que en todas baja casi hasta las nalgas igual de redondas como los pechos, y comienzan los besos sencillos, cortos pero con calma, con tranquilidad. Una de ellas graba con su teléfono y se pega un mordisco suave en el labio; deja escapar el gemido sutil de las ganas, siente la humedad bajo la braga, y el calor aumenta cuando las dos que juegan al preámbulo del sexo se desnudan a cabalidad. Se intercalan para grabar, y luego para el placer, para el místico encuentro que queda registrado porque pagan bien los clientes, y piden colegialas así no estudien, así no vayan a ningún colegio, pero que aparenten esa maldad tierna que ofrece el uniforme como una metáfora de la pulcritud y lo prohibido. Esta secuencia no tiene escena mala, no hay recuadro sin carga explosiva de sensualidad, la detonación que genera el paso de la lengua por los pezones firmes, duros, por la entrepierna, por la humedad inocente y tibia, el roce de los labios sobre los labios, de la yema de los dedos acariciando con precisa calma la espalda, las mejillas, los muslos y la piel erizada.
El que viera luego el video lo compararía sin mucha vacilación con poesía, con literatura que encoña. Es Lolita de Navokob, es algo de Sade, son versos con agonía en Las flores del mal de Baudelaire. La que sostiene el teléfono camina lentamente bordeando la cama para cambiar el ángulo de la toma, y se acerca a la parte posterior de la cabeza sumergida en la entrepierna, devorando los nervios en ese vaivén constante de la lengua y todo, casi hasta el ombligo, mojado. La que reposa boca arriba arruga la sábana con una mano mientras con la otra se pellizca los pezones usando únicamente el índice y el pulgar. La cámara enfoca los ojos entrecerrados, luego desciende por el valle que separa los pechos, llega al ombligo bañado en saliva y sudor, y se aleja después del sexo, del otro rostro inmerso. Es una profanación amorosa al Eclesiastés. Esto es arte, se han de repetir en soledad y en compañía, y cada líquido es pintura tibia, es el matiz del placer y el éxtasis. Es el óleo Las tres Gracias de Rubens donde las Cárites griegas tocan sus cuerpos desnudos, repasan sus curvas. Esto es arte, no erótico sino encoñador, lo podemos decir sin vacilación.
        Todo termina en un par de horas. Pasan frente al mostrador de mármol, gracias le dicen en coro al encargado, ponen la llave cromada sobre la barra, y salen del motel luego de empujar la pesada puerta de vidrio. El sol del mediodía dibuja líneas de luz en el cabello suelto, largo, de las tres colegialas.



Portada de la edición número 7 de Universo Centro. Fotografía de Juan Fernando Ospina

lunes, 20 de abril de 2015

Pobres infelices


Cuando sale del edificio de apartamentos Pedro siempre toma el bus para ir a la oficina en el paradero que queda justo al cruzar la calle, antes de que el reloj de pulsera marque las seis de la mañana. Madruga como muchos pero trasnocha como la mayoría, acostumbrado a sus cálculos sin fórmulas grandilocuentes, porque en la ciudad de Pedro los pobres madrugan demasiado y duermen unas cuantas horas. Pero el servicio de transporte es pésimo, el bus pasa repleto de gente y no abre sus puertas, el siguiente repite la estampa y ya en el tercero reina la mezcla gris de impuntualidad y resignación en las caras alargadas de todos los pasajeros, que probablemente se aparezcan tarde ante la figura rígida del jefe. Pedro sube, saca un nudo de monedas y billetes del bolsillo del pantalón, se aferra al tubo de aluminio que atraviesa el interior del carro, y se tambalea al ritmo del viaje y los cuerpos aún sin despertar por completo.
     Hoy llegó temprano a su destino. Diez minutos para sentarse, mirar absorto la pantalla apagada del computador, repasar deberes antes de que el reloj de pared marque las siete como golpe para restallar la partida, pensar en el almuerzo, en la cena, cruzar los brazos, esperar; mejor dicho, esperar a que empiece el día porque lo demás es relleno entre jornadas de labor. El relleno, esas horas de mañana y noche, se van en lo necesariamente preciso para poder sostener las nueve horas de trabajo, que sostienen a su vez los ratos de cama, de televisión, de paciencia en el paradero y en el bus, o el tiempo exacto de desayuno para seguir vivo, para que sigan vivas esas nueve rondas diarias en el aparatejo colgado del clavo chueco donde encarcelaron sus ganas.
    Pero Pedro es feliz porque sus preocupaciones no quitan el sueño y son en escala pequeñas; o por lo menos es su consideración. La felicidad es una forma elegante de catalogar el conformismo dado que los cambios son angustias, así vengan para bien. Hace poco sintonizó un programa donde dos hombres entrados en años, elegantes, de saco y corbata con un diminuto escudo de armas en la solapa discutían sobre salud, o mejor, el sistema nacional que se encarga de que la gente siga saludable o por lo menos respirando. Eso está muy bien para ellos, pobres infelices, concluyó al apagar el televisor. Los problemas de hospitales son como la muerte, una cosa individual, un reclamo en la fila por excesiva incompetencia y falta de humanidad, al que le toca le toca pero ni antes ni después; tanto alegato atenta contra la alegría, hiperboliza minúsculas fallas, y ahí radica en últimas la calma espiritual de Pedro. Le intranquiliza de vez en cuando la deuda en el banco, pero no la crisis; la gripa y la congestión que adormece los huesos de las extremidades, pero no ese bendito cuento de los dos políticos tan repetitivo, tan constante, tan vacío, un “cáncer de patria” como lo llaman los muy psicóticos; le invade el desespero y la rabia infructuosa con el bus de la madrugada pero la movilidad es asunto del encargado; tiempo atrás consiguió título profesional en alguna universidad de la ciudad y luego de abandonar el auditorio de los grados la educación se volvió tema cerrado. 
     Se refugia de la lluvia al salir del trabajo bajo la carpa templada de una panadería. Siente el olor a pan recién horneado, a bocadillo de guayaba derretido, hojaldre y queso, galletas con azúcar espolvoreada. Imagina mientras caen las gotas pero no lo alcanzan, que está sentado a la mesa partiendo con un cuchillo de dientes filosos la masa suave del pan fresco de la tarde; sirve vino tinto al antojo de la moderación. Respira profundo, llena sus pulmones y entrecierra los ojos para después acariciar el mantel, la firme dureza de la madera bajo la tela áspera, el resplandor de la llama que consume la vela y la luz oscilando sobre la trama de cuadros. El bus se detiene frente a la panadería y la ilusión se disuelve con el aire impregnado del aroma caliente. Al interior del vehículo sólo alcanza a reconocer las siluetas de cuerpos tambaleantes, los restos vivientes de personas que aún no han despertado por completo. Pero no duermen, en verdad no duermen. 



Ilustración del hipnótico Pascal Campion